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Martes 31 de octubre de 2006

Críticas al cheque escolar

12:55 h | Artículos,Libros | Txemav | Trackback

Voy a Libro de Notas, que recoge lo que encuentra por el universo internetero en español con el doble criterio de que pueda interesar a sus lectores y que no provenga (no más de una o dos veces al año) de una fuente liberal, y me encuentro con un artículo interesante contrario al cheque escolar. Me dispongo a seguirlo con vuestra compañía, para darnos cuenta de que al cheque escolar lo más que puede ofrecer la izquierda es la obcecación. Y eso que se nota que A. Espinosa se ha trabajado bien su artículo, entiende los argumentos contrarios y simplemente expone porqué no le convencen, que su artículo, Debate sobre la elección escolar, está muy bien y es equilibrado.

Pero fracasa. Veámoslo.

Comienza situando el debate en los términos de las diferencias entre izquierda y derecha:

Mientras la izquierda pone más énfasis en el derecho a la educación, la derecha hace hincapié en la libertad de enseñanza.

Esto es importante. ¿Cómo hemos de entender eso del derecho a la educación que defiende la izquierda? Pues el derecho del Estado de educar a los niños, no el de los padres. Si se nos acusa de no querer entender a la izquierda, se añadirá que lo que en realidad se defiende es el derecho de los niños a recibir una educación, por lo que el Estado tiene que poner los medios que aseguren que incluso los más pobres pueden recibir instrucción. Suena bien. Tan, tan, tan bien, que es falso, y lo veremos de inmediato. Espinosa nos lo demostrará dentro de poco, pero antes, en la misma línea de explicarnos lo que dicen izquierda y derecha, echa la vista atrás y por un lado

Durante la transición democrática, todos los partidos de izquierda defendían la idea de una escuela pública, única y laica y rechazaban los conciertos.

Por el otro, la derecha defendía

El principio de libertad de enseñanza, entendido no sólo como la capacidad de crear centros privados con un ideario propio, sino como la libertad real de elección de los padres, la cual implicaba la necesidad de subvencionar la educación privada para que pudiera ser gratuita.

Pero hete aquí que llega la Transición, la Constitución, y se alcanza acuerdo entre izquierda y derecha, en torno a estas ideas:

La aceptación, por parte de la izquierda, del principio de libertad de enseñanza y de financiación con fondos públicos de los centros privados concertados y, por parte de la derecha, del principio de participación de los padres, profesores y alumnos en la gestión y control de todos los centros sostenidos con fondos públicos y de la libertad de cátedra incluso en los centros con ideario propio.

Y se crea el sistema de conciertos, que está funcionado con un cierto grado de aceptación por parte de los diferentes sectores implicados en el sistema educativo.

Pero claro, tenía que venir la derecha, a la que hemos permitido incluso opinar sobre este asunto, a fastidiarla: El cheque escolar vuelve a traer a primer plano las diferencias de modelo educativo y de enseñanza.

Aquí es donde expone en qué consiste la propuesta y porqué debemos rechazarla:

La idea del cheque escolar tiene una larga historia, con antecedentes en la obra de Thomas Paine y de John Stuart Mill. En su versión moderna fue plateada por primera vez en 1955 por Milton Friedman y posteriormente elaborada por el mismo autor y por Friedrich von Hayek.

Lo de Paine y Mill es nuevo para mí. Hayek lo único que hace es sumarse a la propuesta de Friedman, pero en Derecho Legislación y Libertad (inciso: Dios, dame el tiempo y las fuerzas para terminar de releerlo) Hayek sí explica el principio que hay detrás de la propuesta de Friedman:

La necesidad de aceptar los poderes coactivos del Estado para recaudar impuestos no implica necesariamente que el Estado tenga que ser también el que presta estos servicios.

Espinosa sigue, dando espacio a esta idea:

Ambos autores admiten que la educación básica se puede establecer con carácter obligatorio y que ha de ser financiada por el estado, porque de ello se derivan importantes beneficios para el conjunto de la sociedad. No obstante, los dos autores consideran mucho más discutible que la enseñanza deba estar organizada directamente por el poder público. Para ambos, es preferible que haya una amplia pluralidad de escuelas que satisfagan las diferentes preferencias de las familias.

Y los efectos del sistema:

Según los autores este sistema mejoraría la calidad y la eficiencia del sistema educativo en dos aspectos fundamentales. Por un lado, rompería el casi monopolio que durante décadas ha ejercido el estado en la provisión de la enseñanza, de manera que es más fácil que cada familia pueda encontrar la escuela que mejor se adecua a sus preferencias y valores. Por otro, el sistema educativo pasaría a ser un mercado, donde las escuelas mas eficientes obtendrían más recursos (serian más demandadas) y las menos eficientes tendrían más problemas para sobrevivir, por falta de demanda. Eso constituiría un poderoso incentivo porque las escuelas buscarían mejorar su calidad, como forma de asegurarse su cuota de mercado.

Pero

¿Se preserva el equilibrio necesario entre libertad de elección e igualdad de acceso al servicio público de enseñanza? ¿Suponen estos modelos una mejora en la calidad educativa? Mi respuesta a ambas interrogantes es no. Voy a intentar argumentarlo.

Pero no le vamos a dejar hacerlo todavía, porque, ¿qué principio es ese de igualdad de acceso al servicio público de enseñanza? Si esa igualdad es en el cero, me parece bien, pero lo que propone el autor como valor máximo ante el que todos los demás deben arrodillarse es que los colegios no tengan capacidad de influencia en la elección del alumnado. Como veremos, tampoco quiere que haya ninguna influencia en la decisión de dónde van los niños, tampoco del lado de los padres. Él da dos razones. Primer asalto:

En primer lugar decir que el sistema educativo es un mercado especial, porque la escuela plantea una oferta extremadamente rígida. En este mercado, lo más probable es que la demanda se concentre en unas pocas escuelas de gran calidad, que pronto cubrirían sus plazas, ya que no pueden ampliar la oferta. Así, muchos demandantes no pueden acceder al producto deseado. ¿Cómo se escoge a los que entran? Es la escuela la que decide, la que escoge, generalmente en función de las características sociales y académicas (que como sabemos están muy condicionadas socialmente) de los demandantes. En la práctica, en un sistema de libre elección de escuela, es la escuela la que tiene verdadera libertad de elección, no las familias, que sólo pueden aspirar a ser parte de los elegidos. Es muy probable que formen parte del grupo de escogidos los hijos de las familias de clase media y alta y aquellos que no tienen ningún tipo de discapacidad, es decir, los que serán más fácilmente socializados e integrados en la escuela.

Aaaaaaaaaahhh. Oferta rígida. Demanda insatisfecha. Interesante. Es tan falso que no sé por dónde comenzar. Es claro que si hay una demanda insatisfecha, mientras haya empresarios deseando llevarse beneficios habrá nuevas ofertas. De rígida nada, a no ser que esa rigidez la impongas tú desde el Estado. Que, curiosamente, es lo que propone el propio Espinosa. Vamos al segundo asalto:

En segundo lugar destacar que muchas familias, cuando eligen educación privada, están comprando en realidad lo que algunos consideran segregación social y otros llaman un medio social mas homogéneo con su origen social, y no tanto mejores profesores ni currículum. Por este motivo la política de cheques generalizada no funcionaria, porque las escuelas de calidad no estarían dispuestas a admitir muchos estudiantes de estatus bajo, y, si se vieran forzadas a hacerlo, el alumnado de clase media y alta abandonaría la escuela, como ya se ha podido constatar en EE.UU.

Es decir, que él considera que las familias no saben lo que se hacen la prueba es que lo único que buscan es que el ambiente en el que se desarrollan sus hijos sea el mejor posible, lo que le parece terrible. Es más, la gente es tonta y no quiere una buena instrucción para sus hijos. Espinosa sugiere que como los padres quieren lo primero no querrán ni en consecuencia podrán conseguir (¿se puede torcer más la lógica?) lo segundo. A mí me da la impresión de que, por lo general, los padres quieren lo mejor para sus hijos y que se esforzarán por enterarse de qué colegio cuadra con sus posibilidades y le ofrece a su prole las mejores condiciones de formación, instalaciones, ambiente, etc. Espinosa no lo ve así. Él, además, no tiene esos prejuicios que tienen todos los demás y tiene muy claro lo que le conviene a la prole ajena.

Y les advierte:

En relación con la mayor calidad educativa de los centros privados en respecto a los públicos, no existe una constatación empírica sobre tal cuestión. Hay estudios que muestran que los resultados de pruebas de matemáticas y de lectura entre alumnos de las escuelas privadas y estudiantes equivalentes de las escuelas públicas, no mostraban diferencias significativas.

¡Eh! ¡Que no os dejéis engañar! ¡Que los colegios privados no son buenos como todo el mundo piensa! De hecho, para que no nos engañemos, lo que propone Espinosa es no darnos ni siquiera la oportunidad de equivocarnos. ¿Para qué, si está claro que los colegios privados no son mejores que los públicos y que cuando los padres eligen no quieren lo mejor para sus hijos y sólo tienen pretensiones intolerables como que el ambiente del colegio sea bueno?

A mí me da la impresión de que la izquierda no tiene respuesta ante el cheque escolar. Defienden la educación pública en teoría porque quieren que todo el mundo pueda acceder a la educación sin que la falta de dinero condicione, pero cuando ofreces una alternativa que asegura que eso va a ser así pero que, eso sí, también asegura la elección de los padres, lo rechazan.

Que nos vamos conociendo.

José Carlos Rodríguez